En la era de la IA que escribe código, aun así cultivar la profundidad
Introducción
Recientemente leí un artículo interesante.
El contenido decía que el hecho de que la IA empiece a escribir código podría ser una repetición de la "década perdida" que experimentó el frontend.
Según él, el desarrollo frontend pasó de ser un dominio especializado a un trabajo que "cualquiera puede hacer" con la popularización de los frameworks... y esa tendencia, ahora con la IA, está ocurriendo en toda la programación.
¿Cómo te sientes al respecto? Yo me detuve un momento a pensar.
¿Realmente se perderá la acumulación de conocimientos técnicos y la "profundidad" del creador?...
Lo que nos enseñó la «década perdida»
Entre finales de los años 2000 y la década de 2010, el mundo del frontend cambió drásticamente.
El HTML semántico y el CSS, la accesibilidad, la comprensión de las sutiles diferencias entre navegadores... esas habilidades artesanales fueron «abstraídas» con el auge de frameworks como React y Vue.
La eficiencia aumentó.
Las barreras de entrada bajaron y muchas personas pudieron crear la superficie de la web.
Pero, a cambio, surgió una tendencia a menospreciar el conocimiento profundo.
A la hora de implementar un botón, aunque no sepas qué HTML se genera internamente ni cómo afecta al rendimiento de la red, basta con soltar un componente de Shadcn y funciona.
Yo mismo, que he trabajado en la intersección entre hardware y software, siento una mezcla de sensaciones ante esa indiferencia hacia lo invisible.
El deskilling como espada de doble filo
En sociología existe el término «deskilling» (descualificación).
Se refiere a la sustitución del trabajo cualificado por trabajo semicualificado o no cualificado debido a la introducción de tecnología.
Para las empresas supone una reducción de costes, y el poder de negociación de los trabajadores disminuye.
La historia del frontend es exactamente así, y ahora, con la generación de código por IA, el mismo fenómeno está ocurriendo en un ámbito más amplio de la programación.
Pero no me siento capaz de tachar aquí la «eficiencia = mal» sin más.
Por ejemplo, mi querida grabadora de cinta Revox.
Antaño, para editar las cintas se usaban tijeras y cinta de empalme, y se aguzaba el oído hasta captar el más mínimo ruido mientras se seguía visualmente la forma de onda.
Ahora se recorta y pega la forma de onda en un DAW.
Puede que esto también sea una forma de deskilling, pero la gama de expresión se ha ampliado sin duda.
Lo importante, creo, es si esa sensibilidad de «qué quieres escuchar» se mantiene aguzada, aun cuando cambien las herramientas...
Las fugas de la abstracción y la lección del huerto
Se suele decir que la abstracción en el software «tiene fugas».
Aunque React oculte los detalles del navegador, en redes lentas o dispositivos de bajo rendimiento esas costuras quedan al descubierto.
La generación de código mediante IA también adolece de una fragilidad no determinista: el resultado cambia con ligeras variaciones en el prompt.
Es como un huerto casero que confía solo en fertilizantes químicos sin pensar en el pH del suelo ni en el equilibrio microbiano.
Los fines de semana cultivo hortalizas en un pequeño huerto.
El momento de sembrar, el drenaje, los problemas de monocultivo... la capacidad de escuchar la «voz de la tierra», que no se adquiere de la noche a la mañana, es algo que conecta directamente con el «frente del frente» del frontend.
Aunque los frameworks y la IA nos arreglen la superficie, la riqueza del resultado cambia por completo según seamos capaces de sentir el «orden natural» que hay debajo.
¿Dónde reside la profundidad técnica?
Cuando trabajé en el desarrollo del posicionamiento GPS de precisión centimétrica, vi muchas veces cómo las ondas de radio de los satélites se perturbaban por las fluctuaciones atmosféricas y cómo los trayectos múltiples distorsionaban la posición.
Los ingenieros que, con su experiencia e intuición, eran capaces de detectar un error que el algoritmo no podía corregir y decir: «Ah, esto es un reflejo del edificio del oeste», eran verdaderos artesanos.
La IA puede procesar grandes cantidades de datos, pero no siente en la piel el viento del lugar.
Quizás esta «corporeidad» sea el último bastión donde se aloja la profundidad del creador.
Cuando refactorizamos código escrito por IA, leemos la filosofía de diseño que hay detrás y suplimos sus carencias.
Es como en una improvisación de jazz, en la que recibes la frase del otro y superpones tu propio sonido.
Entre la Bauhaus y la producción en masa
Hace cien años, la Bauhaus, ante la ola de industrialización, enarboló la fusión del arte y la técnica.
Trataron de superar, mediante un nuevo lenguaje formal, la «habilidad manual» que se perdía con la producción en masa.
Nosotros, hoy, también nos enfrentamos a la misma pregunta: cómo relacionarnos con el código producido en masa por la IA.
Hay quien dice que usar código escrito por IA no es distinto del viejo copy-paste de Stack Overflow.
En efecto, la habilidad de llegar al código deseado mediante las palabras de búsqueda adecuadas se parece a la habilidad de afinar el prompt.
Pero quien, al repetir el copy-paste, empieza a preguntarse «¿por qué funciona esto?», acaba llegando a ideas originales.
Quiero creer que la IA también puede ser la mecha de ese aprendizaje.
Para terminar: lo que queda en tus manos
En la era en que la IA escribe código, la profundidad del creador perdura, aunque cambie de forma.
Es la curiosidad por explorar las capas ocultas bajo la abstracción invisible, la sensibilidad para percibir las pequeñas fisuras, y el criterio de «belleza» cultivado a lo largo del tiempo.
No debemos dejarnos arrastrar por la ola de la eficiencia, sino cabalgarla sin olvidar tantear con los pies el fondo del mar.
¿Conservan tus manos aún la sensación de la técnica que has ido acumulando? Yo, cada vez que giro los viejos mandos de mi Revox, trato de confiar en mis yemas de los dedos.